Calle Texas

Un despido colectivo a inicios de agosto y la reducción de trabajo en uno de mis proyectos más importantes de freelance a finales del mismo mes. Tal infortunio me ha requerido una buena dosis de autocompasión y la capacidad de entregarme al proceso, aceptando la incomodidad de lo que parecía ser una mala racha.

Siete años haciendo freelance sin parar, creando una aplicación que para 2025, el año en que fue adquirida, manejaba un portafolio de 180 mil millones de dólares de AUM. Al mismo tiempo, durante los últimos 3 años trabajé en proyectos para diferentes agencias de gobierno. Es decir, tenía dos trabajos. Cuando pienso en el malestar que sentí por los dos últimos años, y el cansancio y fastidio que decidía ignorar o dejar como una tarea para más adelante, veo natural tal colapso.

Percibo ambos como procesos insostenibles, demandantes, consumiendo tanto tiempo y energía que al final me terminaron afectando mentalmente al grado de tornar mi relación con ellos amarga. Y bueno, desde entonces ha habido una serie de cambios en mi día a día: nuevas metas, estrategias, tiempo para descansar y también reflexionar.

Entre algunas de las cosas que han cambiado está que me he transportado exclusivamente en mi bicicleta desde agosto, exceptuando salidas con Josué. Como todo, en un inicio fue incómodo, y más considerando el esfuerzo físico requerido. Esta sensación me la inspira especialmente la calle Texas, con una inclinación promedio de 13%. Para dar contexto: las subidas más famosas del Tour de Francia promedian entre 7 y 8%, claro, añadiendo un kilometraje que a mí se me haría en definitiva inalcanzable por ahora, pero el porcentaje es un buen punto de referencia.

Mi evolución en el trayecto me sorprende. He pasado de sentir la subida en un rango de imposible–muy duro a duro–normal de esfuerzo. Hay un instante, siempre al subir, solo un par de segundos, cuando estoy a punto de terminar la parte más empinada, 15% de inclinación, en el que decido dosificar mi esfuerzo y me concentro lo suficiente, mantengo el paso, lentísimo a ratos pero constante, y entonces sé que lo lograré de nuevo; y es justo al terminar cuando lo veo más claro: muchas otras metas que me requieren la misma devoción también están a mi alcance.

Ahora que tengo tiempo, quiero poder encontrar ese instante en diferentes áreas de mi vida. Claro que hay muchas metas que quiero alcanzar, pero pienso que también se trata de dejar ir, de aprender a parar, lo cual me ha requerido gran esfuerzo y energía en el pasado, y para mí es una meta en sí misma. Pensar en ello me conmueve y me entusiasma. Esos momentos, para mí, son promesas de mayor plenitud y de vivir más intencionalmente.

Un dia normal

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